‘El Evangelio del Dios Trino: Un resumen’ Por Sonny Hernandez

Muchos que profesan ser cristianos afirman conocer a Dios y el evangelio. Sin embargo, con frecuencia dejan fuera la doctrina de la Trinidad cuando presentan lo que supuestamente es el mensaje de las buenas nuevas. Además, muchos predicadores no predican sermones completos sobre este tema fundamental. Sin la Trinidad es imposible comprender plenamente a Dios o el evangelio, porque el único Dios verdadero es Trino, y el verdadero evangelio está fundamentado en la doctrina bíblica de la Trinidad (Mt. 28:19; Ef. 1:3-13).
Según la Biblia, hay un solo Dios (Dt. 6:4), no tres seres divinos independientes. Las Escrituras describen a este único Dios verdadero (monoteísmo) como el Creador soberano y eterno que ordenó todas las cosas, sin excepción (Is. 46:10; Ef. 1:11). Nada sucede fuera de la voluntad de Dios. Como el único Ser verdadero de todos los seres, Dios existe en acto puro, sin potencialidades ni competidores. Él no deriva nada de la creación ni depende de ella. Solo Dios, el Originador autoexistente, posee los atributos incomunicables, tales como la omnipotencia, omnisciencia, omnipresencia e inmutabilidad (Éx. 3:14). Por lo tanto, adorar a alguien que no sea el único Dios verdadero está prohibido y es considerado blasfemia (Éx. 20:3-5).
El único Dios verdadero existe en una Trinidad de personas distintas, coiguales, coeternas y co-gloriosas (2 Co. 13:14). En otras palabras, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo —tres personas— están inseparablemente unidos en un solo Ser (un solo Dios). Esta es la doctrina bíblica de la Trinidad. Dentro de la Trinidad eterna no existe jerarquía, superioridad, subordinación ni generación. Más bien, existe una Trinidad perfectamente coigual. Además, puesto que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo comparten el mismo Ser, sus obras y operaciones externas son inseparables (Jn. 14:10-11).
Además, el enfoque principal del decreto soberano es el propósito eterno y soberano y la gloria del Dios Trino en la salvación de los elegidos y la reprobación de los cabritos. Por lo tanto, en el orden lógico del decreto de Dios, Dios ordenó la salvación de las ovejas para el cielo y la reprobación de los cabritos para el infierno antes del decreto de crear el mundo y del decreto de causar la caída.
Para aclararlo aún más, la elección y la reprobación son igualmente finales dentro del único decreto de Dios, y ambas son activas e incondicionales (Ro. 9:11-13). Rechazar la reprobación activa e incondicional también es negar la doctrina de la elección, puesto que tanto la elección como la reprobación forman parte del mismo decreto de predestinación. Y ambas son elementos esenciales del evangelio. Para explicarlo, no existe evangelio aparte de la doctrina de la elección, porque la muerte del Hijo aplacó la ira de Dios únicamente por los elegidos que el Padre le había dado (Jn. 6:37-40; 1 Jn. 4:10). En cuanto a la reprobación, la doctrina del infierno enfatiza el valor eterno de la sangre de Cristo. Dicho de otra manera, los elegidos nunca experimentarán el infierno porque el Hijo los redimió de la totalidad de la muerte (He. 2:14), incluyendo el tormento consciente eterno. Su muerte propiciatoria equivalió a sufrir conscientemente, como objeto de la ira de Dios, durante una duración interminable (Is. 53:10; Mt. 27:46). Por lo tanto, como elemento esencial del evangelio, la doctrina bíblica de la doble predestinación es para toda la gloria de Dios y está de acuerdo con Su soberanía.
Después del decreto de predestinar a los santos para el cielo y a los cabritos para el infierno, Dios decretó crear el mundo y todo lo que hay en él, junto con la caída de Adán (Gn. 1-3). En el huerto, Adán recibió un mandamiento de Jehová (Gn. 2:16-17), que reflejaba el carácter de Dios y, por lo tanto, exigía obediencia perfecta. La muerte era la pena por la desobediencia. Adán transgredió la ley perfecta de Dios, dando como resultado el pecado, la muerte y la condenación, imputados a toda la humanidad (Ro. 5:12). Es claro que el huerto revela la corrupción o rebelión de Adán. Sin embargo, el evangelio revela la justicia de Cristo, pues Él cumplió lo que la criatura no pudo cumplir (Ro. 5:18-19). Puesto que Dios exige perfección y la pena por la desobediencia es la muerte, el pueblo de Dios debe depender exclusivamente de la perfección de la vida de Cristo y de Su muerte, una vez y para siempre, como su justicia imputada delante de Dios. Antes de la encarnación, Cristo siempre existió como el Dios eterno (Jn. 1:1). ¿Qué significa esto? Puesto que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo (tres personas distintas) comparten exactamente la misma naturaleza divina (un solo Dios), todos los atributos incomunicables corresponden al Hijo, y todo lo que la Biblia dice acerca de Dios también puede decirse acerca de Cristo. En el cumplimiento del tiempo, la virgen María, concebida por obra del Espíritu Santo, dio a luz a Jesús en cuanto a Su humanidad (Mt. 1:21 y siguientes). El Cristo eterno asumió un cuerpo verdadero y un alma racional (Jn. 1:14; Mt. 26:38), siendo así plenamente Dios y plenamente hombre, «sin pecado» (He. 4:15), en una sola persona. En otras palabras, las dos naturalezas distintas —completamente Dios y completamente hombre— inseparablemente unidas en Cristo (una sola persona) ponen de relieve la doctrina de la unión hipostática.
Durante la encarnación, el Salvador sin pecado vivió una vida perfecta, sin quebrantar jamás ninguna ley. Cristo cumplió perfectamente la ley de Dios, que refleja Su naturaleza divina (obediencia preceptiva), conforme a la voluntad de Dios. Además, murió una muerte sustitutiva y propiciatoria en favor de las ovejas (obediencia penal). Por lo tanto, la obediencia preceptiva y penal de Cristo enfatiza toda la vida de Cristo, es decir, la totalidad de la obra de Su justicia en su unidad inseparable (Ro. 5:10-21).
En el gran intercambio, puesto que Dios ama únicamente a los elegidos, imputó sus pecados a Cristo y les imputó a ellos la justicia perfecta de Dios (2 Co. 5:21). Su obediencia perfecta, tanto en vida como en muerte, efectuó para los elegidos la justificación, redención, reconciliación y propiciación (Jn. 19:30). Para explicarlo con mayor detalle, la vida y la muerte de Cristo —incluyendo Su resurrección y Su actual sesión a la diestra del Padre— son el único fundamento de la justificación. Él redimió a las ovejas del poder del pecado, de Satanás, del infierno y de la maldición de la ley (Gá. 3:13; He. 2:14). Su sangre reconcilió a las ovejas con Dios (Ro. 5:9-10), y Él aplacó en su lugar la ira del Padre (Ro. 3:24-26). Conforme a la voluntad de Dios, el Espíritu llevará a todos los elegidos a conocer que Dios ha pagado su deuda, ha perdonado sus pecados, ha quitado todas sus iniquidades, les ha concedido arrepentimiento evangélico, les ha garantizado la vida eterna, les ha dado seguridad de salvación y les ha provisto un amor sin fin; todo esto únicamente por la justicia imputada de Cristo, recibida por la sola fe y excluyendo las obras (Ro. 3:30; 4:6; Fil. 3:9).
La muerte propiciatoria y sustitutiva de Cristo también enfatiza la perfecta unidad de la Trinidad. En términos sencillos, el Padre decretó salvar únicamente a los elegidos (Ef. 1:4-5), Cristo entregó Su vida específicamente por estos individuos escogidos (Ef. 1:7), y el Espíritu Santo aplica los beneficios del evangelio a los elegidos del Padre por quienes Cristo murió (Ef. 1:13). Afirmar que el Padre decretó salvar a menos personas que aquellas por quienes murió el Hijo, o que Cristo derramó Su sangre por más personas que aquellas que el Padre escogió para salvar, promovería desunión y, por tanto, socavaría la doctrina de la Triunidad de Dios.
Después de Su muerte, Cristo resucitó en Su mismo cuerpo numéricamente idéntico (Lc. 24:36-43); por lo tanto, los elegidos también resucitarán en el último día (Fil. 3:21). Como Salvador exaltado, el Hijo ascendió al cielo y está sentado a la diestra del Padre. Y volverá en el último día (la segunda venida).
Todas las verdades expuestas anteriormente son dadas a conocer a los elegidos por el Espíritu Santo. Según las Escrituras, el Espíritu Santo es una persona (Hch. 13:2), no una fuerza impersonal. Bíblicamente, el Espíritu Santo dará testimonio de aquellos que pertenecen a Dios. Dios el Espíritu mora en los elegidos, los sella, los regenera, los santifica, da testimonio de ellos, los instruye e intercede por ellos (Ro. 8:16, 27; Ef. 1:13). Además de dar testimonio acerca del evangelio (Jn. 15:26), el Espíritu Santo derrama el amor de Dios en los corazones de los elegidos del Padre por quienes Cristo murió (Ro. 5:1-10).
Además, los elegidos de Dios deben regocijarse en las verdades explicadas hasta aquí, y he aquí la razón: al morir, los cuerpos tanto de los elegidos como de los réprobos regresarán al polvo y se corromperán. Sin embargo, sus almas entrarán en el estado intermedio. Específicamente, las almas de los réprobos irán inmediatamente al Hades, donde experimentarán sufrimiento consciente (Lc. 16:22-25). En contraste, las almas de los elegidos estarán inmediatamente con Cristo en el cielo (Lc. 23:43; 2 Co. 5:8), donde esperarán la resurrección.
En la única resurrección general de los justos y de los injustos (Hch. 24:15), Dios levantará a todos y los juzgará. Puesto que Él juzgará al mundo con justicia (Hch. 17:31), Dios absolverá a los elegidos basándose únicamente en la imputación de la obra consumada, salvadora y eficaz de Cristo. Por el contrario, Dios enviará a los impíos al tormento consciente eterno porque decretó su predestinación al infierno desde la eternidad, y Cristo no aplacó en su lugar la ira del Padre (Ap. 20:11-15).
En conclusión, el evangelio no es una oferta, ni es una declaración de que Cristo ama y murió por todos. Tampoco depende de aceptar a Jesús para alcanzar la salvación. Más bien, el evangelio pone de relieve la justicia de Dios en contraste con las condiciones impuestas por seres pecadores. El evangelio es una proclamación de la doctrina de la justificación, teniendo a Dios como su único autor (Ro. 8:33). La fe dada por Dios es únicamente el medio, no el fundamento ni la causa. Y la sola fe siempre mira únicamente a Cristo como su objeto (Gá. 2:16). En cuanto a su fuente (Ro. 11:5-6), la gracia de Dios no es universal, común ni resistible. Más bien, la gracia sola es discriminatoria, irresistible y aplicada exclusivamente a los elegidos. Además, la justicia de Dios es el único fundamento y seguridad de la salvación (Ro. 5:9). Estar en desacuerdo con estas verdades conduce a un Cristo diferente y a una falsa seguridad de salvación (Gá. 1:8-9).
Alabemos al Dios Trino por el escándalo que producen las verdades del evangelio. Los santos de Dios dirán «amén», pero los cabritos lo aborrecerán (1 Co. 1:18). No obstante, Dios recibe gloria en la predestinación de los elegidos a quienes ama. Además, también recibe gloria en la predestinación de los cabritos a quienes aborrece (Ro. 9:13), independientemente de que las personas estén de acuerdo o no. Amén.



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